La cultura del delito desde pequeños: la crudeza detrás de la herencia carcelaria

La cultura del delito desde pequeños: la crudeza detrás de la herencia carcelaria

30 Junio 2020

La realidad dentro de la cárcel es cruda, pero lo es más aún cuando los niños desde pequeños lo ven como un ejemplo a seguir.

Javiera Lecaros >
authenticated user Corresponsal Corresponsal Ciudadano

“Cuando grande, quiero ser profesor y enseñar como mi papá”, “Me gustaría trabajar en la construcción, haciendo grandes edificios, como mi papá”, “Yo quiero ser choro, como mi papá”. Así de literal fue la frase que me dijo Franco, un niño de 8 años que una vez entrevisté para una investigación que estaba haciendo en la Cárcel de Colina I, Santiago.

Franco, desde que tenía 2 años, iba todos los fines de semana a visitar a su papá. Al principio pensaba que lo iba a ver al trabajo, porque eso le decía la mamá, pero ya después empezó a crecer y a “tener edad para entender estas cosas, y además me ayuda con su hermanita”, me dijo su mamá Sandra, de 23 años.

Lo que me impactó de esa escena que nunca más se me olvidó (fueron varias cosas las que me impactaron en realidad), es la normalidad con que Franco se relacionaba con el contexto carcelario: ponía sus manitos atrás y agachaba su cabeza cuando veía a un gendarme, miraba atentamente todo lo que pasaba a su alrededor, como si no pudiera descansar.  Entendía perfecto que al ingresar al penal, se tenía que sacar toda la ropa para que revisaran que no llevara nada illegal. Y así van aprendiendo, integrando la cultura del delito, armando trayectoria.

Como si fuera poco, Franco, a sus 8 años, ya había empezado a “trabajar” en la misma pega que hacía el papá hace años en el paseo ahumada: robo por sorpresa, como le dicen en tribunales. Como era un trabajo diario, obviamente había dejado el colegio, cambiando a sus profesores y compañeros de curso por jóvenes mayores referentes en el mundo delictual, quienes le ayudaban a “hacer plata” con las cosas que robaba. Me dijo que fue su decisión, pero no hay que ser un observador muy ágil para darse cuenta que lo hacía por sobrevivencia, porque vivían los tres (él, su hermanita y su mamá) en una pieza sin ventana cerca de Estación Central; su mamá también tenía escolaridad incompleta y estaba sola haciéndose cargo de su hija de apenas 9 meses, mientras vendía productos cosméticos en la calle.

Hoy día trabajo con 12 Francos, lo digo con total certeza porque todos estuvieron expuestos al mismo contagio criminológico que él cuando niños: todos, sin exagerar, el 100% de los participantes en la Cárcel de Puerto Montt tienen un familiar que estuvo o está privado de libertad. Al mismo tiempo, todos pasaron por el SENAME desde muy pequeños, y no por el sistema de protección que es donde debieron estar, sino por el sistema penal que los sanciona, siendo tratados como los famosos delincuentes juveniles.

No estoy justificando la delincuencia, sino más bien quiero expresar el contexto social que hay detrás de este tipo de delitos: la pobreza. ¡Reconozcamos la exclusión social como un problema sistémico, que nos compete a todas y todos! Hacernos cargo de la cárcel, los campamentos, la desigualdad no es algo bonito, porque somos buenos o caritativos. Estar aquí es una responsabilidad social, es hacer justicia social y no es justo que lo paguen los que menos lo merecen.